Lágrimas en los ojos. Nudos en los
corazones. Los nudos en las gargantas los dejo para las lenguas. No
saber qué decir. Auto-torturarse más. Y más. Y más. Hasta que el
corazón explota. Recuerdos amargos. Amarguísimos. Esta sensación
yo ya la he tenido antes. “Estar con las costillas abiertas, con el
corazón sangrante, expuesto a la gravilla y al agua del mar”.
Exactamente es eso. Pienso en dejar entrar al dolor. Parece que viene
con ganas de fiesta esta noche. Parece que va a ocupar ese hueco que
tengo en tu cama para ti por esta noche, parece que quiere hacerse mi
amigo.
No te juntes con malas compañías,
dicen. El dolor me acosa, cómo no voy a estar a su vera si este
siempre me encuentra. Es como tener a un detective privado que te
apuñala, que te da un disparo a la espalda. Nunca sabes cuándo va a
aparecer. Siempre viene de golpe. Loco, me dicen. Enamoradizo, me
dicen. Hijo de puta, me dicen. Pero no hay más loco, ni más
enamoradizo, ni más hijo de puta que el dolor. El dolor es loco,
porque no sabe cómo de fuerte va a embestir, enamoradizo, porque
nunca se separa de su presa. Y el mayor de los hijos de puta, porque
si viene, viene a quedarse.
Donde quedaron las sonrisas rotas, las
almas desgarradas y las miradas llorosas, ahí es donde yazco, en esa
eterna tumba que es la vida, en esa eterna tumba en la que terminas
muerto. En este macizo de putadas una tras la otra, en esta tocho de
problemas y de recuerdos que queman, como el alcohol a palo seco
quema en la garganta.
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