Por mucho que escapes, no puedes escapar de los sueños.

lunes, 9 de julio de 2012

Pain.


Lágrimas en los ojos. Nudos en los corazones. Los nudos en las gargantas los dejo para las lenguas. No saber qué decir. Auto-torturarse más. Y más. Y más. Hasta que el corazón explota. Recuerdos amargos. Amarguísimos. Esta sensación yo ya la he tenido antes. “Estar con las costillas abiertas, con el corazón sangrante, expuesto a la gravilla y al agua del mar”. Exactamente es eso. Pienso en dejar entrar al dolor. Parece que viene con ganas de fiesta esta noche. Parece que va a ocupar ese hueco que tengo en tu cama para ti por esta noche, parece que quiere hacerse mi amigo.

No te juntes con malas compañías, dicen. El dolor me acosa, cómo no voy a estar a su vera si este siempre me encuentra. Es como tener a un detective privado que te apuñala, que te da un disparo a la espalda. Nunca sabes cuándo va a aparecer. Siempre viene de golpe. Loco, me dicen. Enamoradizo, me dicen. Hijo de puta, me dicen. Pero no hay más loco, ni más enamoradizo, ni más hijo de puta que el dolor. El dolor es loco, porque no sabe cómo de fuerte va a embestir, enamoradizo, porque nunca se separa de su presa. Y el mayor de los hijos de puta, porque si viene, viene a quedarse.

Donde quedaron las sonrisas rotas, las almas desgarradas y las miradas llorosas, ahí es donde yazco, en esa eterna tumba que es la vida, en esa eterna tumba en la que terminas muerto. En este macizo de putadas una tras la otra, en esta tocho de problemas y de recuerdos que queman, como el alcohol a palo seco quema en la garganta.

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